Blog · 9 de octubre de 2026
El verdadero Back to School

Anoche fui a la reunión de mi promoción del colegio. El verdadero Back to School. No el de las tiendas, donde uno cambia dinero por mochilas y por un 30% de descuento que de algún modo termina saliendo más caro de lo que pensabas. En este se intercambiaban otras cosas: recuerdos, abrazos y la pregunta oficial de toda reunión de antiguos alumnos.
"¿Y tú qué estás haciendo ahora?"
Es una pregunta razonable hasta que te acuerdas de que la última vez que compartiste aula con esa persona en el Santa Teresita tenías diecisiete años, pelo en otros lugares y ni la menor idea de lo que ibas a hacer "ahora".
Han pasado cuarenta años. Dicho así suena casi ofensivo, así que prefiero pensar que fue hace un rato largo.
Sesenta mensajes sin leer
Hay compañeros que se siguen viendo a menudo. Otros nos cruzamos cada cinco o diez años, cuando toca. Y algunos reaparecemos solo cuando Alejandra crea un grupo de WhatsApp, le pone "Nosotros 86" y de pronto tienes sesenta mensajes sin leer de gente con la que compartiste recreo cuando Ronald Reagan todavía era presidente.
La tecnología también tiene su manera de practicar la impermanencia.
El espejo lleva la contabilidad
Basta mirar alrededor para saber que ya no somos los mismos. Canas, arrugas, anteojos, rodillas con opiniones políticas. Gente que antes bailaba cinco horas seguidas y que hoy, antes de confirmar asistencia, pregunta si el lugar tiene parqueo. La vida pasó y se nota.
Aunque, siendo justos, las rodillas no votaron todas igual. En un momento me asomé a la pista, y esto fue lo que vi: Tomy, Rolando Valentín, Yoly, Pía y Hayser bailando como si el calendario fuera un rumor. Pasos de 1986 ejecutados con rodillas de 2026, sin calentamiento previo y sin pedirle permiso a nadie, mucho menos al traumatólogo. Sé que hubo más gente destornillándose en esa pista, pero eso fue lo que alcancé a ver con mi córnea trasplantada de un inquilino anterior. Lo del parqueo, queda claro, era puro teatro.
Pero lo raro de verdad fue otra cosa. Te pones a hablar con alguien y a los treinta segundos se ríe de cierta manera, o hace un gesto, o suelta una frase con la entonación exacta de entonces. Y esa cara vuelve a tener diecisiete años.
No lo digo en sentido figurado. La ves. Me pasó con Nano, con Jesús, con Álex, con Francis, con Ana María, con las dos Patricias, que cuarenta años después siguen siendo hermosas, con José Oscar, con Félix, con Cecilia, con Marcell, con Alejandra. Me pasó con todos. Por unos segundos desaparece todo lo que pasó entre 1986 y hoy: las carreras, los matrimonios y los divorcios, los hijos, los países donde fuimos a parar, los padres que ya no están. Y ahí está esa persona, idéntica a como la recuerdas.
Esa noche estuve hablando con Vilma de lo difícil que es entender la física a esta edad, y encima en otro idioma. Si ya nos costaba a los diecisiete, ahora es deporte extremo. Así que no voy a pretender que tengo una explicación científica para esto. Einstein andaba ocupado con otras cosas. Pero empiezo a sospechar que la relatividad del tiempo se comporta distinto en las reuniones de colegio. El espejo lleva una contabilidad muy estricta. El corazón, por lo visto, falsifica los libros.
Alguien siempre hizo backup
Quizás por eso estas noches dejan una sensación tan rara. Durante unas horas uno vuelve a vivir dentro de una versión anterior de sí mismo. Escuchas apodos que nadie usa desde hace décadas. Te cuentan historias que habías borrado por completo.
Y descubres, de paso, que otros recuerdan cosas que hiciste y que habrías preferido que la impermanencia se llevara con un poquito más de eficiencia. Tú puedes olvidar perfectamente lo que hiciste en 1984. Tus compañeros no. Siempre hay alguien que guarda el archivo, y por lo visto hizo backup.
El comité organizador se pasó semanas en la parte más ingrata de cualquier reunión: cobrar. Hay compañeros que en 1986 entregaban las tareas tarde y en 2026 entregan la cuota igual, con la misma cara de inocencia y una excusa mejor redactada. Aun así, al comité le quedó tiempo para preparar un montaje de fotos que se llamaba Memory Lane. El nombre era exacto: un paseo corto por un lugar que ya no existe. El colegio de aquellos años no existe, y nosotros, como éramos entonces, tampoco. Y sin embargo, por unas horas, apareció. En las conversaciones, en las fotos viejas, en esa facilidad absurda con que se retoma una charla cuarenta años después, como si uno hubiera salido al recreo y acabara de volver.
La impermanencia también devuelve cosas
El budismo repite una idea que uno entiende con la cabeza mucho antes de entenderla de verdad: todo cambia. Anicca. Suena profundo cuando lo lees en un libro. Suena bastante menos espiritual cuando intentas levantarte de una silla después de bailar. Pero es la misma enseñanza. Cambia el cuerpo, cambian las relaciones y cambia hasta la persona que creemos ser.
Casi siempre pensamos en la impermanencia como pérdida. Algo se acaba, alguien se va, una etapa termina. Anoche me tocó ver la otra cara: justamente porque todo cambia, podemos volver a encontrarnos de una manera nueva.
Ya no somos aquellos muchachos, y a lo mejor por eso podemos mirarlos con gracia. Nos reímos de cosas que entonces parecían el fin del mundo. Gente que en aquella época apenas conocíamos hoy nos despierta un cariño enorme. Abrazas a alguien y entiendes, cuarenta años tarde, que compartíamos mucho más de lo que sabíamos.
Cuídense mucho
Esta mañana, en el grupo, Alejandra escribió: "Cuídense mucho para volver a celebrar la vida juntos".
A los diecisiete nadie dice eso. A los diecisiete das por hecho que habrá otra fiesta y otro año. Con cincuenta y tantos empiezas a entender que volver a encontrarse no es automático. Es un privilegio.
Creo que de ahí venía tanto cariño. A esta edad uno ya sabe algunas cosas. No demasiadas, tampoco nos emocionemos, pero las suficientes. Sabemos que la vida cambia en una llamada. Que hay gente que debió estar anoche y ya no está. Que varios de los que sí llegaron pasaron por enfermedades, pérdidas y temporadas muy duras, y aun así se arreglaron, se abrazaron, bailaron y se tomaron fotos.
Bueno. Ellos se tomaron fotos.
Patricia Lorenzo y Ana María fueron las fotógrafas semioficiales de la noche, selfie tras selfie, y por alguna razón cósmica yo me quedé fuera de todas. He revisado varias. Juro que estuve ahí. Tengo testigos. Debe ser que conservo intacto otro talento de mis años escolares: no salir en la foto del grupo.
Pasamos media vida tratando de salir bien en la foto, y al final resulta que lo importante era haber estado.
El corazón corrige la imagen
El tiempo pasó, eso estaba clarísimo. Pero también estaba claro que no había pasado del todo. Hay relaciones que no viven solo en el presente. Viven en el muchacho que fuimos, en la persona que otro recuerda, en una historia que alguien cuenta y que tú ya habías olvidado.
Por eso, aunque ya no nos parecemos a la foto de graduación, cuando nos miramos de frente pasa algo maravilloso. El corazón corrige la imagen. Quita unas arrugas, devuelve algo de pelo, baja veinte kilos. Y durante unos segundos nos deja vernos como éramos.
No sé si eso es nostalgia, memoria o cariño. Seguramente un poco de cada cosa.
Lo que sí sé es que después de cuarenta años todavía queda dentro de nosotros alguien que nunca terminó de irse del colegio. Y que a veces basta encontrarse con la gente correcta para volver a verlo. Anoche la gente correcta éramos todos. Incluso los que todavía deben la cuota.
Esto es para ustedes, Nosotros 86. Escribir es lo que mejor sé hacer. Salir en las fotos, como quedó demostrado, no.
Y una nota final para el comité organizador. Para la próxima, mi cuota llegará a tiempo, pero con condiciones. Exijo aparecer en por lo menos tres fotos, una de ellas de frente y con los ojos abiertos. Patricia y Ana María quedan designadas como responsables del cumplimiento. Si no se cumple, me reservo el derecho de escribir otro artículo.
Y ese no va a ser tan cariñoso.