Blog · 15 de octubre de 2026
Growing Old Is Not for Sissies

Nuestra nevera anterior duró casi veinte años. Casi tanto como nuestro matrimonio, que ya va por veintitrés.
Por fuera seguía brand new. Por dentro ya se le notaban algunas cosas de la edad. Y que a nadie se le ocurra hacer la metáfora matrimonial, porque tengo toda la intención de seguir casado.
Pues decidimos cambiarla, para ir a tono con la remodelación de la cocina. Comprar la nueva da para otro artículo, así que solo diré que nos pasó lo que supongo que pasa en algunas separaciones: dejas algo convencido de que lo que viene será mejor y a las dos semanas estás recordando con un cariño inexplicable todos los defectos de lo anterior.
Los supervisores de la nevera
Mientras sacaban la vieja aparecieron, en uno de los laterales, dos imanes que compré hace muchísimos años. En uno, un señor de barba blanca, sin camisa, con los abdominales marcados y una mancuerna en cada mano. En el otro, una señora con gorro y gafas de natación, en traje de baño, mirando de lado como quien acaba de nadar dos mil metros antes del desayuno. Debajo de los dos, la misma frase: Growing Old Is Not for Sissies.
En aquella época me hacían gracia. Y cumplían una función en la casa: eran los supervisores de la nevera. Abrías la puerta a las once de la noche buscando algo y ahí estaban, mirando. Sin juzgar, claro. Pero mirando. Intenta sacar un pedazo del bizcocho que viajó con nosotros desde algún cumpleaños mientras un señor de setenta años, con mejores abdominales que tú, te observa con las pesas en la mano. Nunca dijeron una palabra. No les hacía falta.
La frase ya no es un chiste
Cuando los compré, la frase era un chiste sobre mantenerse en forma. Hoy la leo de otra manera, porque una cosa es imaginarse la vejez desde lejos y otra muy distinta es empezar a negociar directamente con el departamento correspondiente.
Las canas y las conversaciones demasiado frecuentes sobre rodillas son lo de menos. Envejecer es ver cómo cambia tu cuerpo y despedirte de gente que querías. Es ver a tus hijos convertirse en adultos que ya no te piden permiso, y empezar a descubrir cómo cambia todo cuando eres abuelo. Es darte cuenta de que algunas cosas que parecían permanentes no lo eran, y de que ciertas versiones de ti ya hicieron su trabajo. Y seguir.
Cuando la impermanencia se pone a trabajar contigo
El budismo lleva dos mil quinientos años hablando de la impermanencia. Todo cambia. Lo sabemos, lo repetimos y, después de una buena clase de meditación, hasta podemos explicarlo con bastante elegancia.
El problema empieza cuando la impermanencia deja de ser un concepto y se pone a trabajar contigo. Ahí pierde parte de su encanto. Aceptamos sin ningún drama que todo cambia mientras lo que cambia sea otra persona. Cuando empiezan a cambiar tu cuerpo, tu energía o tu lugar en el mundo, la enseñanza tiene otra textura. Entenderla era fácil. Vivirla es otra cosa.
Luego está el samsara, esa rueda en la que nos pasamos la vida queriendo que las cosas sean distintas de como son. Conseguimos algo, nos acostumbramos, queremos otra cosa, perdemos algo, sufrimos porque lo perdimos, nos recuperamos y vuelta a empezar. Con una nevera, por ejemplo. Nunca subestimes los sitios donde puede aparecer el samsara.
Otra clase de valor
Por eso ahora los imanes me parecen menos graciosos y bastante más sabios. Envejecer no es para cobardes, eso sigue siendo verdad. Lo que ha cambiado es lo que entiendo por valor, y cada vez sospecho más que tiene poco que ver con hacerse duro.
Hace falta valor para aceptar que controlamos bastante menos de lo que creíamos, y para seguir cuidando un cuerpo que ya no responde igual sin declararle la guerra. Hace falta humildad para pedir ayuda. Y algún propósito, para que los años que quedan no se conviertan en una larga defensa contra el calendario.
Y luego está lo más difícil: soltar las versiones de uno mismo que ya no existen sin dejar de querer a la persona que está apareciendo.
Los imanes ya están en la nevera nueva. Siguen vigilando, aunque nuestra relación ha cambiado. Antes me recordaban que no tocara el dulce. Ahora me recuerdan que llegar a viejo sin cambiar nunca fue una opción. Lo único que se puede elegir es cambiar sin dejar de vivir.
Eso sí. Si abro la nevera a medianoche y el señor de las pesas me está mirando, pienso explicarle que el tres leches también es impermanente.
No creo que me lo compre.