Blog · 2 de octubre de 2026
La misma búsqueda, distintos caminos

Esta mañana, meditando, me apareció una idea bastante simple: todos queremos ser felices.
No es una revelación que vaya a obligar a nadie a reimprimir los libros de budismo. El lío empieza cuando intentamos ponernos de acuerdo sobre qué significa ser feliz y, sobre todo, qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
En la hora de descanso, después del almuerzo, abrí Instagram un momento y pasó algo raro: me recomendó seguir a Carlos.
Carlos murió hace tiempo.
No sé qué variable del algoritmo decidió que era buen momento para sugerirme seguir a un muerto. Supongo que ni la inteligencia artificial ha resuelto todavía el tema de la impermanencia.
Vi su cara y por unos segundos volví a otra época. Carlos era uno de esos personajes de la adolescencia que uno recuerda por las ocurrencias, por la personalidad, por esa manera tan suya de ocupar un espacio. No éramos íntimos, pero era parte de aquellos años. Y cuando muere alguien de esa época, aunque no fuera cercano, se lleva con él un pedazo del mundo en el que tú también eras otra persona.
De Carlos pasé a Luis Guillermo, otro de aquellos años con quien tampoco tuve mucha cercanía. Ahí caí en algo que me incomodó: ya son dos o tres personas de esa época cuyas vidas terminaron demasiado pronto, de una forma u otra ligadas al consumo y al escape.
La idea de la mañana dejó de ser filosófica.
Alivio, no felicidad
A lo mejor, cuando hablamos de felicidad, usamos una palabra demasiado grande. Muchas veces no buscamos felicidad. Buscamos alivio. Cinco minutos en los que algo no duela, una noche sin pensar, una sensación que tape otra, algo lo bastante intenso como para no tener que sentir lo que hay debajo.
Para eso los seres humanos hemos desarrollado una creatividad impresionante. Algunos usamos sustancias. Otros compramos, comemos, bebemos, encadenamos una relación tras otra o vivimos pendientes del reconocimiento. Otros trabajamos.
Muchísimo.
Y algunas de esas formas de escape tienen una ventaja enorme: la sociedad las premia. Si consumes ciertas drogas, la gente se preocupa. Si trabajas catorce horas diarias porque no sabes quién eres cuando paras, a lo mejor te dan un bono, y hasta te invitan a dar una conferencia sobre liderazgo.
Todo depende del tipo de droga.
La droga de ser necesario
Pensando en Carlos y en Luis Guillermo pensé también en gente que quiero. En momentos en los que he visto a alguien intentar escapar de una realidad que parecía demasiado dolorosa para vivir en ella.
Durante años mi primera reacción habría sido bastante simple: resolverlo. Cambiar las circunstancias, quitar el peligro, arreglar a la persona. Porque esa ha sido también una de mis formas favoritas de regular mi propio malestar. Ser necesario.
Yo no tenía que escapar de la realidad. Me bastaba con organizarla. Si había un problema, lo resolvía. Si alguien sufría, intervenía. Si había una puerta cerrada, encontraba la llave, y si nadie tenía la llave empezábamos a buscar una ventana.
Desde fuera eso podía parecer responsabilidad, liderazgo, amor. Muchas veces lo era. Pero ahora veo que había algo más: mientras estuviera ocupado resolviendo la vida de los demás, no me quedaba mucho tiempo para preguntarme qué me estaba pasando por dentro.
Una estrategia bastante eficiente. Y completamente legal.
La sed
Puede que por eso me interese tanto el Dharma. El budismo no tiene una fórmula secreta para ser feliz; si la tuviera, después de dos mil quinientos años ya la venderían en Costco. Lo que ofrece es mucho menos espectacular: mirar. Mirar cómo se mueve la mente y ver qué pasa justo antes de que salgamos corriendo detrás de algo.
En la tradición budista se habla de tanhā, que se suele traducir como sed. Es ese movimiento interno que dice quiero esto, necesito aquello, que esto siga, que esto se acabe, quiero sentir cualquier cosa menos lo que estoy sintiendo ahora.
Esa sed puede esconderse detrás de cosas muy distintas. Una sustancia, un automóvil, una relación, un plato de comida, un ascenso, el teléfono, un cuerpo.
Una experiencia espiritual.
Sí, también eso. La meditación sirve perfectamente para escapar de la realidad. Puedes pasarte diez días sentado intentando trascender el ego y seguir sin devolverle la llamada a tu hermano. El cojín también puede ser un escondite. Más bonito, con incienso, pero escondite.
El ruido vino conmigo
Escribo esto desde un retiro de silencio, y un retiro de silencio tiene algo fascinante: te quita casi todas las rutas habituales de escape. No hay conversaciones ni trabajo ni reuniones. Nadie me pide que resuelva nada. Hay poca estimulación y poco que hacer.
Cuando por fin se apaga el ruido de fuera, descubres una noticia preocupante: el ruido de dentro vino contigo.
A las pocas horas de silencio te das cuenta de que la mente produce más contenido que Netflix, con una diferencia importante, y es que Netflix al menos te deja escoger la serie. Aquí la programación la decide ella. A las 6:30 aparece un recuerdo de 1987. A las 7:15, una conversación de 2004 que debiste manejar de otra forma. A las 8:00, una fantasía sobre el futuro. Y antes del desayuno ya has ganado una discusión imaginaria con alguien que ni siquiera está en el retiro.
Todo eso sentado, sin mover un músculo. Es impresionante lo productiva que se vuelve la mente cuando uno deja de darle tareas.
Quedarse
A lo mejor el punto es ese. No eliminar lo que aparece ni salir corriendo, no tener que cambiar la experiencia. Durante unos segundos, solo observar que esto también está aquí.
La tristeza, el miedo, la nostalgia, el deseo. La incomodidad. Las ganas de controlar y las ganas de escapar.
Y descubrir, quizás, que no todo lo que sentimos tiene que convertirse de inmediato en una acción.
La misma pregunta
Hoy pensé en Carlos. Pensé en Luis Guillermo. Pensé en personas que quiero, y al final pensé en mí. En los caminos tan distintos que podemos tomar gente que, en el fondo, intenta responder la misma pregunta: ¿cómo hago para estar bien aquí dentro?
Algunas respuestas alivian unos minutos y luego cobran intereses. Otras nos acompañan durante años sin que las reconozcamos como formas de escape, porque no todas las adicciones vienen en botella. Algunas vienen con tarjeta corporativa. Otras con membresía de gimnasio, o con treinta personas que dependen de ti. Y alguna hasta trae su aplicación de meditación.
Por eso ya no me interesa tanto separar a los que encontraron el camino correcto de los que encontraron el equivocado. Las consecuencias de lo que decidimos pueden ser radicalmente distintas, y eso importa. Pero debajo de muchas decisiones hay algo profundamente humano: queremos dejar de sufrir, sentirnos seguros, que nos quieran. Estar bien.
Quizás no nos distingue tanto lo que buscamos. Nos distingue dónde aprendimos a buscarlo.
Sentado esta mañana, sin ninguna respuesta especialmente iluminada, se me ocurrió otra posibilidad. Antes de salir a buscar la próxima cosa que cambie cómo nos sentimos, podríamos quedarnos un momento, mirar, respirar y preguntarnos de qué estamos tratando de escapar ahora mismo.
No sé si eso nos hará felices. Pero a lo mejor nos ayuda a reconocer el camino antes de recorrerlo otra vez.