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Blog · 25 de noviembre de 2025

El tránsito, parte 2

Cómo no perder la paciencia… ni el Zen

Arte de El tránsito, parte 2

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El episodio de este artículo

Si en la primera parte hablamos del tránsito como ese gimnasio emocional gratuito donde entrenamos paciencia sin querer, ahora vamos a entrar en lo que realmente pasa por dentro mientras sobrevivimos a las calles.

Porque manejar en Santo Domingo no es simplemente ir del punto A al punto B.

Es una experiencia espiritual forzada. Una prueba psicológica colectiva. Una iniciación no solicitada al noble arte de autogestionar tu cordura.

Y aunque parezca exagerado, lo que pasa en el tránsito afecta directamente lo que pasa en ti.

Lo que el tránsito te hace por dentro (y nadie te contó)

Mientras tú crees que solo estás sentado en tu vehículo, hay un festival fisiológico activándose sin tu permiso.

El cuerpo produce más cortisol que un examen de matemáticas en octavo grado. La presión sube como cuando muerdes un taco y descubres, demasiado tarde, que escogiste la salsa que viene directo del infierno. El corazón acelera aunque estés a tres kilómetros por hora. Los músculos se tensan como si fueras a pelear con el semáforo. La mente empieza a narrar cuentos de terror: "¡ese tipo me va a dar!". La impaciencia se cocina como habichuelas en olla de presión.

Y todo esto sucede aunque estés haciendo exactamente nada más que mirar la luz roja.

Es decir: no es que seas impaciente. Es que tu cuerpo cree que está en una situación de riesgo cada diez metros.

Y honestamente, a veces tiene razón.

El trauma silencioso del tránsito

En este país, el trauma no siempre viene de un accidente. A veces viene de sobrevivir cinco sustos diarios que te quitan diez años de vida cada uno.

Y empiezas a vivir con un sistema nervioso que actúa así.

Hipervigilancia: te sabes de memoria cada retrovisor, cada esquina, cada sombra sospechosa que podría ser un motorista desmaterializándose.

Alerta permanente: saltas cuando alguien mueve una silla en un restaurante.

Reacciones excesivas: tu tolerancia cero está en menos treinta y cinco.

Sospecha generalizada: confías más en el horóscopo que en un conductor con direccional.

Microestallidos: un semáforo que tarda dos segundos más y ya quieres renunciar a la sociedad.

No estás loco. Estás estresado crónicamente en alta definición.

La contaminación que no vemos, pero sentimos

Además del caos emocional, está la contaminación.

La del aire: esa capa gris que respiras y que te regala alergias espirituales.

La del ruido: el soundtrack no oficial del país, bocinas, motores, ambulancias y conversaciones al volumen de un concierto.

La mental: la más peligrosa. La que te deja sin paciencia, sin humor, sin ganas.

El tránsito es una fábrica de tensión y tú eres el producto.

¿Qué hacemos? ¿Mudarnos al campo?

No.

Porque aunque te mudes a un lugar donde solo pasen vacas y dos carros al mes, eventualmente aparecerá alguien para sacarte de quicio.

Así es la vida.

Por eso el Buda hablaba de dukkha: la incomodidad inevitable de existir. La fricción normal de la realidad. Ese "algo que no fluye" que siempre aparece, aunque tengas todas las condiciones perfectas.

Y el tránsito es básicamente un dukkha con bocina.

La solución que sí funciona (pero nadie quiere oír)

Autogestión. No del tránsito. De ti mismo dentro del tránsito.

No podemos cambiar la ciudad. Podemos cambiar cómo la vivimos internamente. Eso es lo único que funciona. Lo único que depende de ti. Lo único que realmente transforma algo.

Y sí, sé que decir "respira" suena absurdo cuando un motorista te cruza en perpendicular. Pero créeme: respirar es lo único que te queda entre conservar la calma y convertirte en un misil emocional de cuatro ruedas.

¿Y cómo se hace eso?

Lo convertí en una meditación guiada especialmente diseñada para sobrevivir al tránsito sin perder la paciencia, la fe en la humanidad y el aire acondicionado del carro.

La escuchas con audífonos, en tu casa, o, si estás en el carro, después de que te estaciones. Por favor.

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